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JOSÉ MARÍA ARGUEDAS (1911-1969)

Por: Emilio Adolfo Westphalen (1911-2001)

Singular destino el de José María Arguedas: le cupo en suerte experimentar en carne propia, ´desde dentro´, como él solía decir, la dicotomía cultural básica de su país, con sus dotes soberbias de narrador y su tesón en la investigación etnológica y la divulgación de las artes populares sirvió –con sus propias palabras- de vínculo vivo, fuerte, capaz de universalizarse, de la gran nación cercada y la parte generosa, humana, de los opresores. Por lo mismo que cuando niño fue admitido, aunque perteneciente a esta última, por la primera (más que admitido, prohijado), se sentiría más tarde obligado a hacerle justicia, a revelar a todo el mundo, en el idioma de las clases dominantes, el arte y la sabiduría de un pueblo al que se consideraba degenerado, debilitado o ´extraño´ o ´impenetrable´ pero que, en realidad, no era sino lo que llega a ser un gran pueblo oprimido por el desprecio social, la dominación política y la explotación económica. Envidiable destino: poseer un doble instrumento de captación de la vida y el universo, expresarse libre y gozosamente en dos idiomas de tan diversas estructuras y posibilidades de uso, aprovechar de todo el rico acervo de dos tradiciones culturales antiquísimas y en muchos aspectos disímiles y contradictorias, pero ambas válidas como sistemas para la comprensión del hombre y la exploración del cosmos. JMA tuvo la fortuna de no tener que repudiar parte alguna del doble legado. Es lo que siempre proclamó y en lo que volvió a insistir no hace muchos meses al recibir el Premio ´Inca Garcilaso de la Vega´. Yo no soy un aculturado –dijo entonces empleando esa (al menos en español o, quizás, sólo para nosotros) horripilante palabraje de la jerga antropológica con la que se quiere calificar al que rechaza y abandona la cultura, las tradiciones, la concepción de la vida del grupo étnico propio para adoptar las de otro –yo soy un peruano que orgullosamente, como un demonio feliz, bahía en cristiano y en indio, en español y en quechua. Deseaba convertir esa realidad en lenguaje artístico y tal parece, según cierto consenso más o menos general, que lo he conseguido. 

El constante roce y familiaridad con los dos mundos agudizaría en JMA el sentido de justicia y le induciría que desde la niñez le encendería en iras santas de protesta y rebeldía y le induciría a visiones mesiánicas de armonía y paz social. Pero sobre todo al reconocimiento del lugar de las artes en la vida del hombre. Nada le extrañó por tanto más, según nos cuenta en su libro sobre LAS COMUNIDADES DE ESPAÑA Y DEL PERÚ, que descubrir que los niños del pueblo de La Muga, donde realizó parte de sus investigaciones, no cantaban ni bailaban; en cambio, en las comunidades del Perú, la música y el canto constituyen la sustancia de la vida. Sí, ´la sustancia de la vida´. Entendemos bien por ello que el recurso al canto y la danza, tan frecuente en su obra literaria, no es muletilla o expediente de folklorista, sino testimonio fiel de manifestaciones estéticas, es decir, vitales, social e individualmente imprescindibles. JMA se exaltaba en especial con la música y las danzas nativas. Citemos como ejemplo este trozo de la carta a un amigo: Pero nadie ha sido más feliz que yo. Nadie ni tú. ¿Te acuerdas cuando al oír la quena ésa y la danza de coro de hombres, quena y wankar, que oímos en tu pieza de la universidad, tuvimos la evidencia de que los creadores de esa música eran algo más grande que todo lo grande que habíamos oído hasta entonces? Pasé mi niñez siguiendo a bailarines y músicos de esas danzas, siguiéndolos noches de noches, imitándolos, hasta que gané el mote de ´zonzo´ que mi propio padre y mi hermano me lo aplicaban con todo convencimiento. Estaría muy equivocado, por tanto, quien viera un gesto aparatoso de vanidad en lo que no fue sino concordancia con las convicciones de toda una vida, en el hecho de que pidiera JMA la compañía de algunos danzantes y músicos para encabezar su cortejo fúnebre. 

Otro rasgo desearíamos destacar en esta introducción al homenaje que AMARU rinde a quien fuera uno de sus más conspicuos colaboradores. Ya hemos hecho mención de sus extraordinarias cualidades de narrador; seguramente porque en su obra JMA trató en lo posible de ser fiel a su propia experiencia, y no se contentó nunca con ofrecer el remedo o la copia de una supuesta ´realidad´ sino de hacer en su arte la recreación de una realidad directamente absorbida y asimilada. Entrar en un relato o una novela de JMA es entrar en un mundo completo poblado de seres vivientes en intercambio constante entre sí y con el medio que los rodea. 

No hay caracteres estereotipados, tics retóricos, ni la preocupación de demostraciones ideológicas, de ceñirse a consignas o programas. De esta exigencia artística esencial era muy consciente JMA. En una ocasión, recordando la influencia que sobre él ejerciera en su adolescencia la lectura de AMAUTA, observa igualmente: En los relatos que he escrito describo al gamonal no como una bestia, como un instrumento cruel, sino como un ser humano, que tiene defectos y tiene virtudes, lo mismo que el indio. Esta posibilidad de juzgar con lucidez sí ya es una obra, diríamos, de trabajo propio, porque […] yo leía en AMAUTA descripciones de gamonales tan monstruosamente deformados como había sido deformado el indio. Anteriormente, en la misma oportunidad, se había referido a un pariente suyo, ´desgraciado´, un ´miserable´ que flageló a un indio por haberse robado una cabeza de plátanos, pero tiene cuidado de añadir: sin embargo ese monstruo tenía algunas virtudes. Esta escrupulosidad por hacer justicia fue indudablemente uno de los veneros más fecundos de su inspiración artística (también quién sabe, uno de los factores de sus inquietudes, desazones y angustias continuas).

No podríamos terminar sin, al menos, mencionar un aspecto de JMA que particularmente nos turba. En una entrevista que le hiciera A. Dorfman al preguntársele sobre la importancia que él mismo asignaba a su obra después de repetir lo que es juicio admitió por todos –su contribución a revelar no sólo cómo es el indio sino el hombre andino en todos sus estratos-, prosigue; creo que también contribuyó a descubrir cuán bello es el mundo cuando es sentido como parte de uno mismo y no como algo objetivo. Nada hay, para quien aprendió a hablar en quechua, que no forme parte de uno mismo. (Esta especie de comunión universal, de inmersión poética en que se anulan objeto y sujeto es para muchos de nosotros todavía una cima inaccesible aunque intuida, ensoñada o, simplemente, deseada.) La difusión de los relatos en que se muestra este modo de vida, que tiene rasgos originales e iluminadores, y la potencia que guarda para suponer formas nuevas de conducta, ha inquietado, supongo, a lectores no peruanos como Usted., por ejemplo, concluía entonces JMA. No sólo a los lectores extranjeros: muchos de sus compatriotas, tememos, se sentirán igualmente desasosegados, como ocurre siempre en presencia de la poesía –en quechua o en cualquier idioma. 

Amaru, Lima, Nro 11, diciembre, 1969.

Escritos varios sobre arte y poesía. México. Fondo de Cultura Económica. 1997. Págs. 420-422.