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SILOGISMOS DE LA AMARGURA

Por: E. M Cioran (1911-1995)

El buen dramaturgo debe poseer el sentido del asesinato: después de los isabelinos, ¿quién sabe aún matar a sus personajes?

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Deber de la lucidez: alcanzar una desesperación correcta, una ferocidad apolínea. 

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Si la felicidad es rata, es porque sólo se alcanza después de la vejez, en la senilidad, favor reservado a muy pocos mortales.

¡Qué cerca me siento de aquella vieja loca que corría tras el tiempo, que quería atrapar un trozo de tiempo!

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Cuanto más envejezco, menos me complace imitar a Hamlet. Ya no sé, respecto a la muerte, qué tormento experimentar.

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Don Quijote representa la juventud de una civilización: él se inventaba acontecimientos; nosotros no sabemos cómo escapar a los que nos acosan.

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Envejeciendo aprendemos a convertir nuestros terrores en sarcasmos.

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Pasada la treinta los acontecimientos deberían interesarnos tanto como a un astrónomo el chismorreo.

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Con la edad, disminuyen menos nuestras facultades intelectuales que esa fuerza para desesperarse de la que, jóvenes, no sabíamos apreciar el encanto en la ridiculez.

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Sólo el órgano nos hace comprender de qué manera la eternidad puede evolucionar.

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Quise establecerme en el Tiempo; pero era inhabitable. Cuando me volvía hacia la Eternidad, perdí pie.

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El secreto de un ser coincide con los sufrimientos que espera. 

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El escepticismo es el excitante de las civilizaciones jóvenes y el pudor de las viejas.

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En el espanto, somos víctimas de una agresión del Futuro. 

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Temo a los hombres políticos que no dan muestras de chochez.

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Para un joven ambicioso, no hay mayor desgracia que tratarse con expertos en hombres. Yo conocí a tres o cuatro: ellos me remataron a los veinte años.

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Quién no haya conocido la humillación ignora lo que es llegar al último estadio de uno mismo. 

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He adquirido mis dudas penosamente; mis decepciones, como si me esperasen desde siempre, han llegado solas –iluminaciones primordiales.

París 1952 

Traducción de Rafael Panizo

Silogismos de la amargura. Barcelona. Tusquets Editores. 1990. Págs. 18, 33, 34,47, 58,59, 78, 86. 94, 95, 96, 124, 128, 139, 146 y 147.