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BUSCANDO A DARÍO RESTREPO SOTO

Por: Juan Fernando Palacio

Hablaba Cioran, en el parásito de los poetas, de esa cualidad extraña que tienen pocos genios –como Baudelaire, Shelley o Rilke, y que en cambio está ausente en tantos eruditos– de enturbiarnos el alma con su inaudible veneno de lamento y afectar de forma perceptible nuestro torrente sanguíneo cuando se visitan con frecuencia sus obras. Se instalan en nuestro ser a la manera de un vicio, y ni los podemos abandonar ya más, ni la vida que nos queda seguirá siendo la misma del todo. Algo se altera, algo se gana, o más bien se pierde. La realidad se vuelve finamente más cruda, bellamente más implacable, maravillosamente más penosa. En mi cabeza dan vueltas estas ideas en una noche de fiebre en Europa, frustrado por no tener a mi alcance la obra de Darío Restrepo Soto. El enemigo en casa descansa soberano sobre uno de mis estantes en Envigado, y Cerrando el círculo nunca lo tuve, tontamente nunca hice un esfuerzo mayor por tenerlo cuando pude. Convaleciente del espíritu, a gran distancia de cualquier consuelo, delirante, padezco las consecuencias dando vueltas entre mi sofá, mi mesa y mi cama, apurando los recuerdos.

Darío Restrepo Soto, arquitecto de miniaturas perfectas, mezclas inverosímiles de lo sublime y de lo monstruoso. Genio del cuento corto, con una prosa tan fluida y maciza que las inmersiones de apenas unos cuantos minutos que uno hace en sus ficciones dan la impresión de haber sido viajes largos, de horas o de años, cargados de incontables detalles. Es un oscuro maestro de la pluma de la altura de Poe y de Cortázar. La hermandad secreta de sus lectores fervorosos palidecemos ante la legión de librerías vacías de sus libros.

Mi mente pasa con asombro por el recuerdo de sus universos enrarecidos y sus personajes exquisitos. Por sus nombres femeninos, Ema, Melina, Rita, Elsi, pasa por sus diablos y por sus insólitos hombres místicos. Tantos parajes, tantas épocas, tantos pasados y presentes y futuros ficticios (¡y tan reales!), tantas personas, tantos estremecimientos, en un libraco que no supera las cien páginas y que nunca me cansé de releer. Su autor, universal como pocos, habrá salido acaso de los tupidos y laberínticos cañones antioqueños. Esta paradoja perturba.

Sus historias, seamos honestos, trastornan, incomodan, molestan. No son fáciles de digerir, son peligrosas para los momentos de flaqueza. En una palabra, dan miedo. Dan mucho miedo. Tal vez sea Restrepo Soto uno de los autores más exigentes en las agallas que pide de sus lectores para que demos la vuelta a la página, para que comencemos el siguiente cuento, a veces para comenzar incluso el siguiente párrafo. Atreverse a seguir sus líneas es aceptar que, de repente, en cualquier giro de gracia, nos catapulte las emociones a un abismo.

Temible, pero fiero y exacto en la disección que hace del alma humana y sus claroscuros. Temible tal vez justamente por ello. Lo extremo de sus relatos no es más que un artilugio para que el ser humano corriente, cotidiano, aparezca desnudo con lo divino y lo demoniaco que le es suyo. Amoroso, poético, lúcido, idealista, místico, tierno, y al mismo tiempo contradictorio, disperso, lascivo, mundano, execrable, abyecto, he ahí el hombre en los ojos de Restrepo Soto. Y como en una circularidad, en un eterno retorno, el lector alcanza, por instantes preciosos, a sublimar la maldad y a relativizar lo bondadoso, a cuestionar, en fin último, una existencia estricta de esas dos categorías, que resultan a veces una carga para entendernos y para entender el mundo.

Impotente fantaseo – ¡tan lejos!– con los cuentos de su segundo libro, y con los de aquel otro que ahora no tengo en mis manos. En mi fiebre, voy a Internet y lo busco. Llego de nuevo a los pocos cuentos suyos que se encuentran en la red –fabulosos– y que he leído docenas de veces. Como una droga, quiero leerlo más y no tengo medios. De pronto, encuentro una página que parece suya. Descubro que ha publicado un nuevo libro, aparece incluso la dirección y el teléfono de su tienda erótica. Podría llamarle, preguntarle por sus obras, saludarle, conocerle. No puedo. Él es un brujo, un monje. Sus manos, sacrosantas. Yo que a tantos sex shops he entrado, al suyo creo no entraría, como si me detuviera la idea de que mi presencia lo contaminara. Mi reverencia es radical. No, no me atrevo, su tienda erótica es para mí un templo, mi necesidad infantil de leerlo es demasiado cursi para con ella fastidiarlo. Que una librería, que una biblioteca, que una página web, que un amigo –ruego– medien por mí para no profanarlo.