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ALÍAS POSADITA – CONFESIONES DE UN VAMPIRO

Vista la reciente tendencia a identificar los personajes de ficción con seres reales, estimo conveniente aclarar que en este libro no aparecen personajes que no sean ficticios; tanto los personajes como sus nombres son imaginarios. 

INTRODUCCIÓN

Confesiones de un vampiro y alias “Posadita”, es la vida ejemplar de dos asesinos que consagraron su vida a la sangre. John Haigh, refinado sádico londinense de este siglo, que “guidado por una fuerza divina” –según lo confesó a lo largo de su vida-, no dudó un momento en beberle la sangre a sus víctimas preferidas. Y Ernesto Rodríguez, que justificó la vida de empleado con tal de “adueñarse” el edificio más alto de su ciudad –como ascensorista se creyó autónomo del destino de sus pasajeros-. En los muros emparedó a esa mujer que tanto amó, y a la cual le extrajo el corazón en muestra de cariño. 

PRIMER LIBRO

ALIAS “POSADITA”

Pero, por último, me detuve ante un proyecto que consideré el más factible. Me decidí a emparedarlo en el sótano, como se dice que hacían en la Edad los monjes con sus víctimas”

E. A. Poe.

Yo quise que el corazón quedara intacto para que comprendiera cuanto la amaba”.

Yo como soy, soy capaz de cualquier cosa”.

Ernesto Rodríguez 

SEGUNDA PARTE

IV

El Asesino

Le abrió la puerta cortésmente en la mañana para que entrara y recogiera el uniforme que había quedado en llevarse, según ella, para lavarlo en su residencia. Le extrañó tenerla allí porque nunca iba los días festivos –los viernes solía salir con la ropa que había utilizado en la semana-: las oficinas estaban cerradas en esas fechas. Se turbó al verla. (“¿Quería cerciorarse ella del amor que le tenía?. Pensó él, comprendiendo que su vida, de momento, se esclarecía. ¡Qué otra idea podía imaginar, si la había pretendido con esmero, con ese celo de los obsesos por atrapar lo suyo!).

Cerró la puerta pesada de vidrio, oyéndose después en el pasadizo el eco fuerte de los tacones: cada uno de sus golpes la condenaba, a la vez que su perfume se esparcía en el recinto. La observó deslizarse con ritmo, siguiéndole con tacto. 

Por primera vez en tantos años tenía el edificio a su disposición: era su amo. Lo mismo decía de la ciudad al verla de lo alto. Al fin, justificó tantas dificultades para hacerse acreedor a ese empleo; la autonomía vibraba en su alma. No cometería de nuevo la torpeza de hacerse sospechoso con su patrón; asestaría el golpe a su debido tiempo. Los consejos de su esposa lo habían hecho más cauto. … Le echó llave a la cerradura, pensando que nadie la solicitaría en esos instantes. “¿Ñatica?”. La llamó tímidamente –pero esta vez no lo oyó; la voz había brotado débil. No salí del asombro de estar a solas con ella- por el apodo por el cual la había nombrado para que supiera cuánto la amaba. Todos los empleados la conocían por ese mote. Esperó a que entrara a su ascensor y allí la golpeó violentamente con un taco de billar –que pulía esmeradamente en los ratos libres; nunca se dijo que frecuentara los bares para jugarlo. Tenía esa tarea manual como un recurso para pensar en ella.-. Arremetió por segunda vez con más violencia en el cráneo: la derribó! Los gritos de dolor quedaron ahogados en el carro al cerrarse las puertas. Agredió con más golpes, dejándole hendiduras de sus uñas. Desafío al cual lo tenía acostumbrado cuando se sobrepasaba en la confianza que le había dado, encerrándose en el ascensor en horas que nadie lo solicitaba. Sus últimos lamentos se ocultaron con el ruido ronco del aparato que llegaba al 9º piso. Trepó al asiento y desde allí, la remató, dejándola lejos de su alcance. Sus anhelos cumplidos de tenerla sin sentido, lo obsesionaron; dándole ánimo para efectuar su juramento de amor. Recordó que en ese día se conmemoraba un año de la Independencia de nuestra patria. Animado por tal coincidencia, calzó las botas de su compañera, despojándola de ellas, sin escrúpulos. Veía fraguarse en esos calzados el espíritu de su enamorada; … en ellas tenía fijado el afecto. Trepó a la azotea para izar la bandera. Entre esa diligencia cívica y el crimen, creyó realizar el milagro, el destino de la asta, entonando el himno de la patria. Satisfecho, bajó después, al ver que ondeaba con el viento y que le servía de atalaya para el trabajo sangriento que le esperaba.

Alias Posadita confesiones de un vampiro. Medellín. Editorial Etcétera. 1979. Págs. 53-55.