rinoceronte14

SINFONÍA EN YO MENOR

Por: José Ignacio Rojas López

Interludio

Regresas a mí como leitmotiv terrible de tus movimientos premonitorios, aquí a dos pasos de mi cama blanda impregnada de tu perfume, recodando tu mirada dura. Evanescente en sueños de prohibida amargura te filtras en mis espacios, con una fisonomía gaseosa, inescapable que se difunde tomando por asalto los lugares donde le fue prohibido entrar. Y te ves en el riesgo como una montaña terrible que se desmorona mientras el montañista camina de puntillas a su cima; me regalas un promesa de sima, y te busco para llenarte con el ánimo de crear un lago en la llanura en cuya profundidad se aviste una nueva biología aislada, una evolución paralela de las sensaciones. Has sabido romper tus promesas en la cara de mis esperanzas creando el suelo fértil de mi literatura corrupta, en tu nombre, en tu nombre de hierro como la puerta que cierras perdida en el sueño; sigo siempre aquí bajo la lluvia balbuceando antiguas historias bajo el alfeizar, esperando en alguna hallar una palabra oculta y sabia que destruya los goznes pesados que la sostienen. Soy un juglar que repite en condena sus mitologías imaginarias, con la esperanza de que se transfiguren en la carne blanda de tus secretos, en los encajes reales de tus medias nunca sueltas. Gaseosa, evanescente, sólo puedo hablar de aromas porque solo eso de ti tengo y en ellos fabrico mis esperanzas, un cimiento sólido para mis edificios de ensueño. Ya no recuerdo tu nombre ni tu cara, te perdiste en una infancia remota, que solo terminó ayer cuando creíste que favorecías mi futuro destruyendo mis textos no escritos, los esbozos de mis planes para recorrer tu columna y coronarte insurrecta. Y de ayer nada recuerdo pero te siento inscrita, y sin saberte te nombro en tu vaporación que se desprende de las manos con las que te escribo. Primitiva, arquetípica, ahora eres como un reflejo que se dispara cuando respiro y te veo lejana pues también olvidé las señas que conducen a tus casas, y la ciudad es tan grande y para recorrerla necesitaría las piernas que te llevaste contigo, las de los paseos a la luna que nunca dimos, las que nunca se enredaron a las tuyas. “Come”, “Bessez-moi”, aprendo lenguas para llamarte en todos los tonos y todos los tonos retornan sin la respuesta. Pero soy feliz, porque te amo y aún no te conozco, escribo reclamando un encuentro…te espero en medio de las olas, recurrente como un aviso imaginario de tus anuncios, como el reflejo que saltas cuando, solitario en las noches de mis noches, te avisto siendo más que bruma.

Evanescente, gaseosa, aún así te abrazo con desesperada desesperanza consciente de lo inútil, indeclinable en mi empeño de susurrar nombres nuevos que te invoquen, ante la sorda respuesta de los antiguos, eres el mito fundacional de todos mis destierros pasado hasta mi día presente por una tradición oral que esconde tu esencia secreta en la ausencia de libros para entenderte, de páginas con fotografías para recordarte. Revélate de una buena vez y dime palabras duras o suaves que provoquen un sonoro naufragio en las costas de mi imaginería fantástica, permíteme el desastre benigno de una aparición forzosa en una condensación de tus vapores ocultos; cesa tu mutismo milenario, y regálame algo más real que mis letras. De mis manos escribientes se desprende el vapor de tus melancolías, de mis ojos cerrados la enfermedad de tu correspondencia.

Bien podría ser prosa mi llamada

Pero te apareces poseída poesía, allanada y discordante

con tus arpegios de dura indiferencia

te escurres como un reloj de sal por mis laderas.

marca un nuevo ritmo de músicas medievales

con instrumentos renovados que suenen a ausencias.

Cortada por el viento que disipa tus indicios,

como la tormenta que borra la huellas a quien rastrea con esperanza y dificultad,

sigo tus olores, ciego

creyendo escuchar el imperceptible signo;

muy bien te escondes, ahora y antes

mientras espero en medio de las olas.

Mi llamada es una plegaria abierta que no alcanza misericordias, benevolencias, favores, iluminaciones; penitente oscuro esperando el retorno de mi mesías sensual, la promesa de salvación que es pérdida dulcemente añorada, busco con premura el motivo del delito que me expulse del edén de mis abuelos al vértigo preciso de tus condenas, de tus infiernos añorados, de tus silencios de mármol, para darle sentido a este sentido que aborrezco con la directriz aguda de un pecado original. Renuncio a mis dioses si eso te espanta, allano tu camino para que evites excusas y retornes sin haber llegado, con gusto soy hereje.

Como más podría hablarte sin no tengo señas a donde escribirte, perdí tus direcciones en algún extraño incidente que aún no ocurre, no sé muy bien cuál es tu tiempo preciso pues eres algunas veces premonición y otras tantas recuerdo, navegas en los pliegues de mi cordura con descaro e impudicia, navegas en las huellas de mi cuerpo con seguridad e inconsciencia, dueña de los sitios donde, como ya te dije, te fue negado el acceso. Adelanto en esta conversación unidireccional las palabras que diré o que repito, pero también podría hablar de una manera lógica, a la antigua usanza, para que entiendas mejor que lo que espero me es absolutamente necesario y que mi descaro en pedírtelo solo es sinceridad afanada por la premura; asalto las normas del decoro, pero no puedo hacerlo con más delicadeza pues no es con delicadeza como lo siento; me excuso, pero te culpo esperando que por lo menos aparezcas en tu defensa. Hablemos de una forma sincera ¿realmente me escuchas?..Ah letanías.

Cuarto Movimiento

El restaurante se alzaba sin melancolía sobre una fundación sólida, matemáticamente planeada para resistir sismos de mediana potencia, no muy fuertes; mediana también era la personalidad que sus objetos respiraban: sillas generalizadas, comida común, platos repetibles, meseros en masa, protocolos, aburrimientos. Paredes fuertes, balances equilibrados, pulcritud y buen servicio, el dependiente tendría otro mes de buen reporte y ganaría su pescado por el deber cumplido, en celebración saldría a comer con su amada. Este fue el primer pensamiento a mi entrada el decente local. Siempre retornaba al mismo sitio, a la misma hora, después de asistir a la media jornada en que alquilaba mis esperanzas y antes de las horas restantes. La monotonía tiene el gusto especial del abandono, la distancia finita del escritorio hasta el rellano, los cincuenta y tres escalones inmóviles desde el pasillo hasta la acera, los pasos paseados por los mimos bulevares… librado de elegir se simplifica el proceso, la segura repetición de los protocolos conocidos, la continuación segura de las aventuras sin riesgo, continuidad de gestos inconscientes; encontraba un sitio cómodo y continuaba asistiendo sin necesidad de más preguntas mientras soportaba con valentía errores que disculpaba con prontitud: “no es para tanto”, “tuvo un mal día”, “Tal vez no encuentre nada mejor”. Lo esencial era lo esencial y en principio cumplía la funcionalidad de alimentación; preferible al despliegue, al movimiento, a la nueva costumbre, a la nueva mala comida en otro mediano burdel. Era irremediable el tener que comer por mi condición, siervo sin esperanza del muerto que cargo o del vivo que cuido; mejor que fuese aquí pues de cualquier manera sería igual cualquier otro allá. Paredes fuertes, balances equilibrados, pulcritud…una mosca era soportable y necesaria, los deseos de nuevas tierras son condición de los aventureros y de aquellos que tienen esperanza. Pero ella…

Prometiste un juego de lascivia meridional,

en la hora correcta, aquella del encuentro sin cerco.

Prometiste un juego de lascivia meridional,

para sacar de mi suelo calcáreo

la dulzura de un número imaginario.

Prometiste un juego de lascivia meridional,

en el sitio del encuentro que esconden tus arcanos,

las calles como un laberinto que conozco

pero que olvido caminar por haber, consciente, bebido de tu Leteo.

Prometiste un juego de lascivia meridional

que ahora no sé si fue promesa o deseo,

pero que irradia insepulto, sentido

a esta espera de encontrarte en el azar

del sitio, en la hora correcta, la hora del encuentro.

La hora de comer en esta esquina de cualquier sitio, encerraba en sus rituales la melodiosa frecuencia de una máquina de vapor aceitada y en movimiento: un cuchillo de acero golpeaba con delicadeza un acorde sostenido de cortar y separar, regular, secuencial; las gargantas abiertas que beben agua con avidez, reproducían el sonido grave de un do de estanque poblado en una noche de lluvia; el tintineo del metal que corre a las mesas llevado por meseros-músicos era un si delgado de mirlos en las ramas, a su vez recurrente y predecible…inagotable; dientes apretados eran tambores en la llanura, toces sordas, rugidos en la estepa; ahogados esporádicos, acentos sobre las notas, estornudos inoportunos, pañuelos agitados; los pasos sobre la madera antigua, de una agitación efervescente con multiplicidad, tac tacs de trasfondo y compás, bajos que marcaban el ritmo como una batería disuelta; bla, bla, blas sin sentido, coros sin significado, desprovisto lo dicho de sentidos azufrosos eran solo notas en colores y tonos del esperado concierto; los vapores que se escapaban de la cocina con premura, oboes coordinados para una impresión de profundidad, máquinas modernas agitaban sus acordes; tazas de café, dulces atenuantes; platos que se estrellan, sorpresas en el tono. Y más acá, antes en el tiempo, el eco premonitorio de mugientes degolladas en medio de una caminata, rosas redondos de 100 kilos suplicando ternura, pollos durmientes luego de la eutanasia como pálidos inmóviles bebes esperando un abrazo. Cortar, separar, servir, tragar, beber, paredes fuertes, balances equilibrados, pulcritud. Una máquina de vapor de sonidos frecuentes y repetitivos, hipnóticos o extáticos, buscado sin racional elección ante la premura de comer y regresar dormidos y pesados al resto de la condena, las cuatro horas restantes que nos impedían cambiar el universo, las cuatro horas restantes que me defendían de la desilusión de descubrir susurrante que es imposible hacerlo. 

Servil, se me acercaba todos los días con sonrisa de muselina a ofrecerme con cuidado la carta que nunca miraba; sus dedos angulosos y las uñas puntiagudas eran una manifestación de mezquindad según el manual de quiromancia que consultaba con regularidad para reírme de las coincidencias, de la simple repetitividad, de la verdad fortuita que había en las observaciones de antiguos sabios que se confirmaban ante el asombro de los fieles; la verdad de la adivinación acentúa la irremediable repetición. El pulgar grueso y corto del oficinista de la mesa de al lado denotaba una férrea voluntad combinada con una gran estupidez, justo la necesaria para ser exitoso en el oficio de generar balances equilibrados, necesaria en el Escalante regocijo de alcanzar el éxito abrazado con fe en la direccionalidad inquebrantable de sus pasos; los dedos largos y estilizados de su mujer, las uñas puntiagudas: autoridad y sagacidad, la astuta justica y la dinámica inteligencia para el manejo adecuado de los ingresos mensuales del oficinista repentino…las líneas de mis manos: una muerte joven; el tamaño de mis falanges reflexividad e indeterminación, todo fue escrito al principio de los tiempos por un prestidigitador octogenario. La carta no ofrecía una posibilidad de elección, el menú de la semana había sido elegido desde el principio de los tiempos por un prestidigitador octogenario. Pero ella…

Eras el tema de conversación

Hadamantis nocturna, sin que ellos lo supiesen.

Como un suceso importante que se desliza de las mangas

de una bufón extemporánea;

sucesiva, irrompible, jugabas a ser y no ser

en medio del lascivo viento que tu inminente presencia premedita,

manteles que se rompen como cristal,

argumentos que se derraman como agua sagrada

sobre el susurro de tus nombres,

estabas servida como un impala herido

mesmérica, humeante,

blanco del sin fin de comentarios, sin que ellos lo supiesen,

sus músicas eran un recuerdo de tus estertores

siendo sin ser, aquí en la feria de los idiotas

mientras te espero en medio de las olas

Las mesas componían música para mi locura, he ahí tu distracción en la mesa de cuatro puestos y tres sillas vacías; todos paladeaban con fruición las dulces gotitas de almíbar servidas por mentecatos adiestrados que escupían a voluntad o antojo, por ironía o por aburrimiento; yo escuchaba su conjugación en el residuo entonado que testificaba su ejecución; a mi vez trataba de desafiar sus leyes y sus ritos separándome con grandes esfuerzos del genero, pensando que al evitar cualquier modulación impondría algo de distancia con el mal sabor de saberme hecho de su mismo ensueño; como en una simulación imaginaria, como una difícil rayuela celeste, evitaba, como las líneas en la acera, que mis cubiertos se deslizaran con siseos por el plato de diez mil usos, que mi vaso no chocase con la mesa, que mis mangas no rozaran el mantel, que mi boca cerrara sin sonido, que el menú fuera señalado en la carta y no pedido, la bebida asentida; más el silencio de mi juego no podía quitarme mi olor a hombre. Lo imaginado era una pequeña distracción permitida, un pequeño premio a la cobarde valentía de seguir los pasos sin demasiadas dudas. Paredes fuertes, balances equilibrados, pulcritud, la música continuaba a pesar de todos mismos con su velocidad propia, como un viejo vapor lanzado al mar alimentado por la misma agua del mar: Tin, glup, clack, tan, hay, umm, tin, glup, clak, tan, tan , tin, tup, glup, mmm. El ritmo de la existencia, la cadencia inconsciente, la música común del agotamiento y de la inconsciencia, de la rutina salvadora. Pero ella…

te recuerdo servida en mi mesa como un impala herido; impúdica abandonaste tu seriedad aparente para convertirte en un objeto de caza que llevaba el compás del cerco; labios acechantes, caderas en persecución, cada movimiento era un caída en abismos de pálida indulgencia; te servías y te retirabas, y yo jugaba a ser Tántalo por la infinita sed y la infinita hambre que sugerían tus olores malignos a paraísos perdidos, pues no era solo la fruta del árbol del bien y del mal lo que se ofrecía, tu promesa era justificada por un más aterrador festín…en tu paraíso se comería extensamente. Parecías sugerir y exagerabas con caídas y danzas latentes, respiraciones tenues, asfixias simuladas, como una máquina de vapor hecha de suspiros. Ataraxia, multiplicabas las posibilidades de un milagro de multiplicación de posibilidades, ama de la creación de almíbares y venenos que con gusto tomaría de su fuente benigna. Te servías en la mesa como un impala herido, dando cortos respiros que incitaban y que confundían la agonía con el deseo; y yo, cazador confundido entre hambre o caricias, sin saber si se muerde o se besa oblicuamente cada tendido rendido, dudoso de la tierra conquistada, inseguro del papel que desempeñaba en tu emboscadura confusa y generosa, como alguien que espera en medio de las olas…   

La música del agotamiento a la que es imposible sustraerse, como premisa fundamental del impulso mismo de vida otorgado sin elección y que se lanza como un perro de caza que nunca podrá alcanzar su presa pues es él mismo su presa, verdad que oculta preciosa en el agitarse de sus extremidades, en el respirar agitado de sus órganos, en la convergencia convulsa de sus deseos y que se revela cuando, como un rayo, se detiene para escuchar el cansancio de su esfuerzo, cuando, tal vez, se pregunte por el objeto mismo de su marcha inútil; ya consciente de lo oculto caminará con la irremediable condena pero con el paso más pausado de quien se toma el tiempo de escuchar el ejército que camina con él bajo el crujir de sus pies sobre la arena, con el paso del que irremediablemente y sin objeto se deja embarcar por la desesperanza del sinsentido que tuvo, en primera instancia, aprender a caminar, y más cuando en plena carrera todo exige, que más que correr, ahora baile sobre sus pies como un ahorcado que vuela pendular sobre el piso mojado el vals imperioso de las miradas, la aceptación y las mentiras. Esa es la música compuesta por la conjugación de más de un verbo en este burdel que a mi pesar estoy obligado y no obligado a visitar con una frecuencia cargada de simplicidad y de tedio. Pero yo…

Comprendo la repetitividad conforme de mis juegos,

comprendo la multiplicidad histriónica de mis cobardes escapes

rehúyo, consciente y falaz, de la promisoria ruta del movimiento

mientras concurro torpemente sobre la idea única;

y se configura así, sin querer, un tiovivo de una sola bestia

que arrastrada por el opulento movimiento circundante

contempla el eje con el ardoroso rencor,

reclamando un imposible descanso.

Comprendo lo inútil, encarnado en la belleza

de la melancólica espera,

comprendo lo remoto de un puerto

que de luz al mal que ciega mis pupilas,

bienvenido el aullido subterráneo

cuyo único fin es llenar la noche.

Hmm, hmmm.

La mirada de muselina se retiraba a su cubil para procesar mis deseos y los de la especie que se junta a esta hora de comer. Toda esta agitación febril, los pasos fervientes y protocolarios, las elaboración de los rituales se me descubren opuestos a la pulsión primera de la especie en las estepas; la cultura empeñada en separamos con atavíos civilizados de la simpleza, de lo primitivo, de las necesidades apremiantes que nos acercan a las bestias y nos retraen en el tiempo, el esfuerzo en poner distancia de las planicies con artilugios y artefactos cuando una mesa poblada son 10 leones devorando una cebra y, con o sin tenedor, desaparecen los tejidos ayudados por condimentos. Quisiera levantarme para gritar al mesero con tono de juglar: “traed vivas las bestias que de ellas me sirvo”, y delirante convertir esta sinfonía de disimulos en un campo de caza con algo más de dignidad; sin embargo, me retracto, deberían ser traídos muertos a la mesa para evitar desarreglar mi cuello almidonado y poder regresar al escritorio con las mangas limpias; los fines de semana debería ser organizada por decreto una jornada de diversión primitiva, una ordenanza con carácter de ley de salir los domingos a luchar en los bosques, las montañas, las planicies para conservar limpio el instinto; olvidar los manteles cuadrados y los juegos de cubiertos pulcramente adornados por artesanos, para homenajear el vértigo y aceitar con delicia los resortes inscritos en el limbo. Será sin duda negado por senadores aún con la servilleta en sus bolsillos, será un insulto a lo ganado por la especie en el aturdimiento de la evolución y un golpe en la cara a la invención de la mesa pues “siendo los amos de toda la creación” no podríamos compartir la misma llanura con las bestias y los bosques son demasiado sucios. Dios no puso aquí para asistir a las oficinas y usar cubiertos y eso no es negociable bajo ningún término.

Hacia donde voy con mi pensamiento, sería impreciso decirlo. Pero mis pasos me conducirán sin duda, luego de la cuenta, a la limpia oficina donde a pocos centímetros cuelgan los retratos de la familia feliz de mi compañero de galeras; disfruto y denigro este teatro de disimulos, son mías las sonrisas fingidas y son concluyentes los asentimientos de privilegiados que con una taza de café bloquean el impulso visceral que nos obliga a dormir después del almuerzo. Pero ella…

Eras el desgano heroico de las venganzas disonantes,

una creadora savia de nuevos arquetipos que pasarían intactos

a las nuevas generaciones de cazadores domésticos

como un recuerdo que se acecha más no se abraza,

pero que en el silencio de estertores abúlicos

abanica un halo de miseria sobre el sedentarismo de sus recuerdos.

Sea el hábito nuevo pecado,

y que la belleza del vértigo oleoso

se maquine en medio de piernas que se expanden

en un universo freático de nuevas mareas.

Sea tu nueva doctrina, la innombrable,

capaz de servir a los serviles,

como un volcán que se abre paso

mientras espera en medio de las olas.

Mientras yo terminaba de digerir y esperaba que también llagara mi café, detrás de mí dos colegiales se prometían una tarde de delicias; esperaban que la mesa del rincón, en el rincón más alejado del universo, fuese el velo perfecto para sus juramentos. El endulzaba sus palabras, y ella las escuchaba insinuando indiferencia; él se esforzaba en parecer audaz, ella aceptaba su heroísmo, indulgente con la evidente torpeza y cuidando el orgullo del futuro amante. Seguro hace varios días el colegial juntaba billetes revueltos y monedas sucias planeando con detalle la tarde después de clase, había racionado sus mesadas; ella, conocedora del progreso, esperaba con criminal esperanza que el dinero fuese juntado y preveía con ansia el escape vespertino de sus pudores. Jugaban un juego con temblor de principiantes y en su complicidad destrozaban los prejuicios que les prohibían ejecutar su expedición. En su cara se notaba el esfuerzo pues además de ser un colegial, el hecho de visitar un restaurante era ya una liberalidad no permitida a sus ingresos ni a los de sus padres, y fingía el papel de un Don Juan almibarado exhibiendo su poderío al lograr un cortejo decente; ella, aceptaba con rigurosidad interpretando también el papel de una hermosa caprichosa, exigiendo postres con nombres franceses y vinos italianos, que creía españoles, vinos de tierras que no conocería pero que le permitían afirmar que el precio de tan deseada indulgencia y de tan promisoria tarde no sería bajo; él se regocijaba de cumplir sus deseos con la satisfacción de un hombre de mundo, sugiriendo más exóticas viandas mientras su cabeza se volvía una calculadora celeste, que le aseguraba con dedos presurosos, que aún quedaba suficiente para el cuartito de hotel. Todo estaba dicho y todo sería cumplido. Los dos colegiales conjugaban con extensión el verbo existir ante la usencia de un mañana tal vez. Caricias permitidas y no permitidas, danzas bajo el mantel y un acecho permanente al que la caprichosa diva cedía terreno pero que castigaba después con gesto rápido y un reproche que era una promesa: “no antes del postre querido mío”.

Dos gamos famélicos juguetean en la llanura mojada…

Después de marcharme saldrían con prisa al hotel que cruza en sus esperanzas y el desbarataría con mano temblorosa, con deseo hirviente, con intención consciente, y con un asentimiento inocente de ella el nudo del uniforme que a diario en sus intercambios deseo tantas veces desecho. El triunfo permitido a su ayuno por la paciencia, el premio que protege a los tontos sabios de pensar en este malogrado raudal de sensibilidades sobre el sentido de un almuerzo en el desierto de sal de los días. Bendita seas estulticia.

Quinto Movimiento

Salida del restaurante y retorno a la Galera. El regreso regular de la primera hora de la tarde tiene un sabor pesado bajo la luz casi perpendicular de un sol que probablemente no veré más el día de hoy; tiene gusto a pérdida de la luminosidad, y al mismo tiempo, de somnolencia cuando la computadora espera con su teclado feroz y su melodía monótona tac, tac, tac que acompasa la cadencia de la duración. Pasos pesados pausados pasarán parsimoniosamente presurosos por pretorías pueriles pensadas para prensar pensamientos presumiblemente peligrosos. Así que puntualmente de nuevo, subiendo por los cincuenta y tres escalones, pasando por el pasillo con el piso en tapete sintético, abordando la recepción con una sonrisa de postal, replicando la sonrisa de muselina para devolver los saludos, la cordialidad, la diplomacia y la indecente delicadeza de cincuenta funcionarios que reman sus procesos con solicitud, que hurgan en sus asuntos pendientes con religiosa frecuencia, que llaman y contestan, que mueven cifras, que proyectan escenarios, pues es necesario mantener con motivación, convencimiento y determinación la razón que encamine en la dirección de las utilidades el esfuerzo individual que gratifica y salva, que redime y recompensa, que paga con una bagatela la soledad de los días prensados entre los números y la ausencia de lo fantástico, entre los balances, los estados, los análisis, los cubículos ordenados y los cafés de la tarde. Maravillas Cronos, dad maravillas al hombre que ensueña en el calor estival una placentera ausencia de frecuencia, una placentera dilatación como un buda que medita bajo el árbol del bien y del mal. Bien sabía regresar a la oficina-galera donde se almibaran los logros de liliputienses frenéticos que se convirtieron sin saber en caricaturas deformadas de sus sueños de infancia. Bien sabe la sabiduría del vulgo gratificar a los que beben con disciplina de sus enseñanzas, a los que siguen la senda de la mansedumbre…bien sé que mi cheque llega con inquebrantable frecuencia.  

Más me regocijo, como un cerdo en su muladar, de mis contradicciones que gravitan entre la enlutada impaciencia por un completo abandono que carcome mi juicio y la inconmovible diligencia con mis deberes, la puntualidad de mis pagos, el registro impecable de mi crédito, la nunca ausente mesada de mis padres, el pago riguroso de la renta, equilibrio, pulcritud, buen nombre. Bien se de la buena recompensa de la mansedumbre, mal siento la derrota diaria que el silencio desabriga ante el reflejo del espejo enfrente del umbral de mi caverna, puesto ahí justo ahí para que fuese el recuerdo diario de la permanencia y del valor ausente. Shh, pero oculto de las miradas, bajo el escritorio, rio como un loco por ser parte del juego gracioso de creer y ejecutar; simulo preocupación e interés, rabia, impaciencia por los objetivos, rio como un poseído de saberme en alquiler y luego, amargo, flagelo mi cobardía. Tin tan, soy el tibio que será expulsado de la palabra de Dios, que será rechazado por los funcionarios por traidor y por los diletantes por cobarde, y me rio como un loco en mi cuerdita febril y delgada de unos y otros, pensando que el vértigo es eterno, pensando que siempre podré jugar al equilibrista con la sombrilla de lo maravilloso y lo fantástico abierta con fuerza sobre la piara.

Deposito en ti la salvaguarda apreciada,

la salida única, la solución definitiva.

Ella-tu salvaguarda de la solución salina

de la alquimia del sentido y de los elementos,

de la quimera aparente, del artificio fugaz,

verdadero como una masa,

alegre como un electrón.

Salvaguardas sin duda el apreciado depósito

que con evocación inaplazable

espero en medio de la olas.

Las palabras se callan como herrumbre sobre polvo de mariposas.

Así pues regresaba con puntualidad al sitio que me fue asignado en la Oficina de Dirección General de Gran Corporación. El corredor central de la oficina se prolongaba sobre un tapete sintético en línea recta que comenzaba a la izquierda de la recepción y que terminaba en la oficina del estado mayor, sagrario de la estrategia y la dirección de los asuntos, donde se guardaban las reglas y los destinos de los remeros que por orden jerárquico se amontonaban en la extensión del salón rodeado de puertas invisibles que ayudan a mantener la fluidez de los procesos y el buen ambiente laboral, tan importante para el logro de los objetivos. La iluminación era precisa para cuidar los ojos; se aplicaba con misticismo la ergonomía a cada cubil para evitar daños en las espaldas; se practicaba con severidad el orden y la limpieza; los espacios de almacenamiento estaban dispuestos a una mano de distancia e incluían pequeñas carpetas con etiquetas blancas, de fácil identificación, que indicaban el lugar correcto de las cosas, los registros pormenorizados del esfuerzo, los balances equilibrados. Por una directriz corporativa se había eliminado cualquier distracciones, los elementos personales que afectaban el desempeño, y la simplicidad, de la mano del orden, se impuso como un mandamiento desde el fondo del corredor; así, un martes cualquiera, después de unas palabras motivadoras del señor presidente salieron en procesión a sus casas, atravesando el corredor de tapete sintético, portarretratos con fines de semana, fotos alegres de sábados en el parque, viajes de ensueño, amorosas esposas, hijos respetuosos, festividades, alegrías, individualidades; salieron peceras con peces payaso, goldfishes, tiburones bonsái, carpas koi, cangrejitos de río; partieron materas miniatura con cactus radiactivos, drácenas bebes, resistentes aspidistras, filodendros trepadores, palmas, bambúes de la suerte, chafleras cariñosas, cintas domésticas; marcharon cuadros con diplomas de primaria, secundaria, menciones de honor de prestigiosas universidades, felicitaciones amigables, honorables, orgullosas, placas conmemorativas con sus marcos pulimentados, dibujos del nene; todos viajaron en una procesión festiva cargados por sus dueños, que celebraban una tarde de permiso y la satisfacción de tener un lugar de trabajo adecuado como lo decían recientes estudios hechos en Japón sobre la eficiencia, como lo demostraban nuevas estadísticas de la Universidad de Bristol. 

Todo se hace a un lado con el acero de la música celeste,

soy un cuervo que aletea romántico

en la noche de la tecnología siniestra.

Y los elementos se desintegran lentamente

en el erebo subterráneo, blindado de mis sentidos.

Soy un siervo que salta esperanzado,

en la noche de la evolución maligna

y los pasos se deshacen con desánimo

sobre los fondos que desintegran los elementos

en el erebo luminoso que desconozco,

allá donde todo es verdadero y la luz no tiene que ser vista para ser sentida.

Cierro los ojos, mirando fijamente a través de las olas

los acordes, los pliegues y repliegues, las hondas,

de cada recuerdo, de cada verbo caído de la voluntad,

esperanzado como un siervo, aleteante como un cuervo,

en busca de que la larga noche de la responsabilidad acabe,

con un abandono inesperado.

Con todo limpio de distracciones en la oficina se pudo establecer, por fin, el ambiente propicio de un quirófano donde todo tenía sentido y utilidad, donde nada sobraba. 

A mi lado se sentaba una maravillosa representación del nerviosismo, el Hurón. Compartíamos un cancel en forma de C, el se sentaba en la parte inferior con su escritorio mirando a la pared, yo detrás de él miraba hacia la mía. A la derecha, el corredor se extendía infinito hasta la puerta terrible, en perspectiva hasta el final de los tiempos. Antes de que fuese obligado a deportar sus asuntos personales del cancel donde me daba la espalda sentía sus risas de ambiente festivo, escuchaba su extensión en los objetos numerosos que había logrado acumular en su rincón con el paso de los siglos, como un cangrejo ermitaño que pega a su caparazón todo lo que le es precioso: vasitos marcados para un sinfín de lápices de colores, marcos con fotitos de el mismo sólo tomadas por turistas amables, una cartelera sobria para anotar sus olvidos, caracoles recuerdo de una de sus excursiones a la playa que el mismo rescató del fondo del mar, una artesanía bizarra comprada en un lugar exótico, un radio viejo sintonizado siempre en la misma emisora, plantitas para ambientar, elefantes de la suerte, ceniceros hechos en sus clases cerámica, libros de texto con títulos de botánica, algunas novelas francesas, pañitos para mantener limpio su cubil, bailarinas chinas, un cuadro Zen y un manual de yoga. Volteaba su silla y me hablaba con una risa expansiva de jeque en su reino, dominado y seguro, sus objetos que le confirmaban su imagen de él, le daban seguridad y arrojo; expresaba con dominio opiniones sobre ecología y se quejaba por las especies tropicales en vía de extinción. El hurón me sorprendía en días soleados con melancolías ocultas que expresaba con un suspiro mientras anotaba sus propósitos en una pequeña agenda verde. Así que él también lo sentía. El hurón vivía una vida de madriguera, como si un ave rapaz lo persiguiese, oculta a su mirada por al sol, a donde quiera que fuese; una vida de temor llena de esperanzas. Cuando salía del cuartito a mi espalda, el ingenuo perdía toda su audacia: tartamudeaba las primeras sílabas de sus argumentos como un pájaro grave que solo se supiera una nota; sus explicaciones eran nerviosas, aceleradas, sus almuerzos: titubeantes; el contacto con los otros, fuera de su territorio lo transfiguraba en el omega de la manada, en el desautorizado para hablar o el que simplemente no habla pues, según creo, temía parecer estúpido, en aquel que nadie escucha. Una llamada del Señor Director era para él un sisma que dejaba una huella imborrable en su alma; padecimiento absoluto y liberación cuando al fin lo olvidaban de nuevo en su madriguera con sus cifras y razones, un rompimiento de la historia y el comienzo de una nueva. El hurón tenía tanto miedo como yo, pero él lo revelaba a pesar de el mismo mientras yo lo cargo oculto como un mal olor, miedo que fecunda mi cinismo, el desconocimiento y la ausencia de una verdad que ni él ni yo tenemos pero que en mi sinfonía interna se revela como una esfinge que camina detrás de mis sombra con un sonrisa burlesca y un hermetismo sereno.

Desnúdate imperfecta sobre el códice reiterado,

sin frecuencia, aleatoria e intempestiva,

derriba las aceradas minutas, temparios,

con una explicación orgánica

que salga límbica de tu manzana adorada.

Arrellana el destino caritativo

con la irrupción de un aroma que seduzca la razón

como el canto de las sirenas,

subrepticia vaporosa.

Haz que bailemos todos sobre este escritorio

influidos con desconocimiento a perder la razón.

Pero hazlo pronto antes de que el sol se ponga,

para que el solsticio no pase,

para que no se eternice el invierno.

Sorprende ya a quien espera contrito y penitente

un abandono que tenga el sabor de un arribo.

Todo estuvo dispuesto en nombre de la utilidad, en mi la certeza de que nos ponen aquí, tanto a él como a mí, para hacer un trabajo inútil, que ocupa; nos ponen aquí para que como en los campos de trabajo del faraón, apretemos las nuevas herramientas con esperanza y nos fabrican una ilusión de libre albedrío que digerimos como una píldora mágica desde los primeros gateos: deseo ser doctor, bombero, mamá, ejecutivo, quiero pudrirme oculto del sol en un edificio de 120 metros. Ya todo fue dicho pequeño. Nos ponen aquí para útilmente ayudar a la evolución y permanencia de la tribu en la que el jefe distribuyó sabiamente los oficios olvidándose del ensueño: en la noche de la evolución fue muerto el shaman por falta de pruebas, estos no producen plusvalía tangible ni llenan los graneros y ya no fue necesario cantar al sol o rezar al rayo. Somos los guerreros domesticados que ya no recuerdan el olor de las batallas. Hemos sido puestos aquí para ser el eslabón encontrado de una cadena genética que aún no encuentra su sentido, siendo alternativamente grandes y pequeños en el engranaje de las causas. El señor presidente era útil, no era tampoco él culpable, pues no es una lucha del capital, de la riqueza de las naciones, de la distribución, la justica o cualquier otra lucha pudorosa e inútil lo que presiona mis venas…Lo que siento frio en la espalda como un presentimiento es la impersonalidad de esta maquinaria atómica, de este juego siniestro que comenzó en el principio de los tiempos con el sonido del primer verbo, bum, y que no cesa de repetirse en miríadas de formas diferentes, bam, excitado por la trayectoria trazada de su aleatoriedad malintencionada, incapacitado para parar, detenerse; es todo animación y delirio, velocidad y sinsentido irremediablemente echados a andar. Ilusión poder parar abruptamente, con un deseo al apagar una vela, la fuerza gravitacional que mantiene unidos los engranajes, las esferas que penden y que de una forma real y metafórica se sostienen en su movimiento eternamente circular. Atravesar un dedo sobre el centro primordial de este tocadiscos galáctico y hacer que todos tropiecen, que caigan de sus sillas o camas al sentir que el suelo bajo sus pies se detiene y que el horror de un cambio definitivo arribe como una partida

Cierro los ojos para dibujar tu vientre dulce

donde todo es certeza,

donde se detienen las cacerías,

donde el olvido se completa como una respuesta aprendida desde el umbral,

donde mueren las latidos,

donde todo movimiento termina en quietud,

donde la mansedumbre ilumina,

donde, tu, como una madre benévola, aceptas el silencio,

donde mi somnolencia se transfigura en sueño profundo,

donde converge, sin asedio, la verdadera fe.

Luego los abro para no verte,

pues en el tedio de los días

sólo puedo esperarte en medio de las olas.

El hurón, el simpático hurón, fue remitido por las políticas a un aislamiento terrible en donde ya no le fue posible asirse de nada que le recordase quien quería ser, o fabricarse un imagen de quien fue que le permitiera sentarse tranquilo en su cubil. Esa es la esencia de la utilidad. Ahora empezaría de nuevo a construirse su fantasmagoría para eliminar el tartamudeo, y como en una prisión, de contrabando en su cajón cerrado y rezando para que no hubiese ninguna inspección que disminuyera su calificación salarial, tal vez trayendo de casa en su bolsa de almuerzo para no despertar sospechas algo de lo que partió, acumularía pequeños objetos que le permitieran sentir algo de calor en este desierto frío de sal sin memoria. Yo sólo lo observaba y no podía más que añorar, con algo de envidia, su capacidad de tener fe en medio del miedo, fe en sus cosas, en el progreso, en su carrera, en encontrar un día una mujer con tanto miedo como él que pueda llegar a respetarlo y enseñarle algo parecido al amor, a la compañía. El miedo sin fe es horror y en este abismo, en este abismo sin sol, me movía como pez de las profundidades que explora en busca de aves el fondo del mar.

Interludio

Un día será necesario revivir los viejos encantamientos, los antiguos ritos, será necesario bailar en las mañanas y dibujar, como ánimas, los objetos de nuestro trabajo sobre las paredes blancas de cualquier apartamento en renta, como premonitoriamente en el Principio se dibujaron impalas atravesados por lanzas sobre las paredes de las cavernas para asegurar la caza; será preciso bailar al son de tambores hechos con la piel estirada de contadores rígidos para celebrar los negocios que se cierran, será preciso hacer nuevos tótems al aire para alejar con magia, en medio de las ciudades y de las vías, los espíritus que acechan con las malas nuevas de los mercados; porque aunque las explicaciones ya estén explicadas en el papel que acumula la sabiduría de los bardos, la ciencia que conjuga, la razón que calma, puesto que aunque ya han sido descifradas las palabras antes deliciosamente confusas del profeta sobre la piedra, la duda medra reptílica sobre la especie, como especia renovadora de los asaltos, y susurra: “todo podría ser falso, precioso, todo podría ser falso, y tus pies andan sobre un término corroído de razones…todo de hecho es falso y es preciso que sea revelado, por eso busca en el oro de mis consejos, por eso pregunta en el estertor de mis paradigmas; todo es falso y es preciso que mi premisa, mi longeva premisa encuentre nuevos caminos” y como el hoy andante perdido, retornarán las hogueras y los tambores, los tótems en las llanuras con una superstición cargada de técnica, pues es exacto que aunque las explicaciones ya hayan sido hechas y el miedo se ha apaciguado, la tormenta del vacío se asoma a esta cuarto indiscreto como un desconocido que nos mira por una rendija.

Y seremos de nuevo bestias de fuego

en el valle desierto de la intuición,

y ya no habrá reglas que limiten tu impudicia,

y podrás gritar en la caverna

el aullido remoto del deseo íntimo

que habías disimulado por siglos bajo la falda de lino

que tejió la tribu con casta fe;

y que fue reserva para el delirio

y que fue territorio para el delito.

Derrotada la costumbre descenderás, alucinada,

luminosa como un pozo

a tocar el tambor generoso de tus caricias,

a componer, de la fiera voluntad,

un nuevo camino de olas y suspiros.

Pues la llanura llama una llamada poderosa grabada en el tálamo nupcial de una abeja prehistórica, de una anémona feliz. El inicio del camino se observa desde esta evolución lejana como una inocencia perdida…ahora soy naturalista pero la decepción no puede conducirme a otra parte: no creo en el futuro luminoso de la técnica, no creo en la salvación del día del juicio, aúllo en la melodía cadente de los relojes por un regreso a la arena y al sol que decían sin tanta precisión pero con misterio lo que hoy exhibe un maquinaria de infinitesimal exactitud. No soy futurista ni retrógrado, pero será necesario en el futuro un regreso a la inocencia. Encantamientos, alusiones, magia, ni el gradiente más amoroso del intelecto podrá esconder la pérdida y el fracaso y los sabios en sus casas de las colinas, tendrán que aceptar la respuesta en la candidez, aceptar que su desenvolverse no es más que un enrollarse a una rueda libre. No hay esperanza querido mío y ellos se conducen a través del metal como un ilusionado ciclista que sube la cumbre pedaleando sobre un tigre.

Encantamientos, susurros, lentas afiliaciones; el señor Presidente recibe a la ocultista por la puerta de la izquierda cuando su analista-asesor parte por la de la derecha. Esta velocidad sin dirección es sólo un espejismo de puerto; acepto que en mi lento recorrido soy un remero que hala un barco con el ancla echada, los hombres aún continúan batiendo sus alas manos abrazando los remos con la esperanza de un arribo. Hogueras en las plazas en las que danzarán vendedores agitados por el vértigo invocando una fuerza superior a su audacia, arquitectos quemarán becerros para encontrar nuevas formas, y los artistas elevarán plegarias al sol, ah Hiperión…luego de descubrir que la técnica no es más que ridícula apariencia y que la consumación nada tiene que ver con el método. Busco un rapto, deseo un pérdida, un naufragio en la locura como una carabela que feliz que intencionada hunde sus riquezas en el desvarío, pues hoy mi querido, no encuentro en la realidad de las cosas más que aburrimiento y decepción.

Nuevos becerros de titanio

gritarán profecías repetitivas

hechas de aleaciones livianas;

una noche de silicio no bastará

para encender el fuego de la fe

cuando se agoten todas las posibles respuestas,

cuando la ciencia agote la última pregunta

y la verdad sobre el muro

de los espejismos, del aturdimiento,

amanezca como una reivindicación de la pesadumbre,

de la lúcida oquedad

de las intenciones y del tiempo perdido

en la especie agotada de designio;

la idolatría del principio arribará en su caos

como una esperanza de inicio

en la ya larga, longeva vejez de los monos.

Podríamos comenzar por derribar los muros de esta aparatosa, aséptica, limpia habitación en la que gastamos diez hombres nuestros excedentes. Hacer temblar los organizadores con los pasos de un dinosaurio imaginario que haga correr los lémures, con sus teléfonos a cuestas, a nuevas alturas. Habrá que hacer espacio para el ritual esperanzado, justo en el centro, en el que beberemos brebajes antiguos y comeremos esencias secretas para dedicar un nuevo número, un nuevo código a la alabanza de lo neo-ignoto, a la búsqueda de nuevas preguntas que muevan el espíritu de los engranajes hacia una solución confusa, que reordene lo resuelto; olvidemos…olvidemos lo aprendido y caigamos en un nuevo siglo oscuro que ponga un velo a este exceso de luz, que limite la técnica, que permita a las bestias de fuego transitar el camino de su sentido en el silencio de sus ruidos. Guarda en ti la bendita salida, llegas como un relámpago mientras espero en medio de las olas.

Partieras sin destino de las cavernas azuladas de mi boca,

Te perderías irremediable y feliz en las cumbres fabricadas de nuevas teorías y renovadas sensibilidades,

Serías el viento de una nube atómica más densa que el aire…inamovible como una estatua de fuego sobre las pestañas de un rinoceronte,

Y sin embargo aquí te quedas en mi proximidad de mí,

En mi inapetencia de la acción, y tú eres yo, mi yo que no bifurca,

El que sueña con inocencia

el que vive con la ternura acaeciente de una conjugación confusa.

Cierra la gran ventana de la realidad… hace frio afuera

Sexto Movimiento

A las cuatro tenía marcada en mi organizador automatizado una reunión de gran trascendencia e importancia para los intereses de la organización; el hurón no estaba invitado, pues aunque compartíamos jerarquía, a los ojos de los superiores mis méritos aventajaban los suyos y lentamente me iban entregando pedazos de información que en esta vegetación agreste tenían el valor de un manantial en verano; me dejaba arrastrar con indiferencia. A la agenda electrónica llegaban los citatorios desde lugares insondables con nombres conocidos de conocidos despreciados. Las reuniones eran uno de mis territorios preferidos, tanto como el parque en los sábados para observar el bestiario completo en donde se asientan los argumentos de mi amargura, mi desprecio por sus risas, mi cansancio de sus sueños. 

La sala de reuniones y la mesa redonda ubicada justo en medio del salón para facilitar el acceso de todos los colaboradores, encerrada por vidrio para dar la imagen de transparencia, era como una pecera de “tamaño natural”. Todos llegaban con puntualidad, otro valor apreciado; yo tampoco me hacía esperar, de cualquier forma no me esperarían demasiado y tal vez ni se notaría mi ausencia. Vados, pantanos humeantes, cieno, marismas extensas, todas estas imágenes se me ocurrían mientras asistía a ese exhibicionismo abyecto que tienen todas las reuniones, mítines, convenciones, foros, seminarios de todos los hombres en cualquier parte, vapores fétidos, azufre y fosforo, algo relacionado con la materia en descomposición. A mí me tocaba esta en particular, fecunda para el observador que calla en el rincón de las apariencias. El tercero al mando de la galera presidía; abría la sesión y explicaba el alcance, realmente importante, de las consecuencias que las decisiones derivadas de esta reunión, tenían sobre los resultados semanales de la organización; semanales!, la eternidad se reía al fondo del salón…tratar con gravedad un asunto semanal era una muestra de la grandeza de las cosas que hechas, de los días vivos. Manos a la obra: discusión enérgica, detalles nimios, todos los ojos brillaban con un ardor fervoroso ante la palabra Estrategia, la mirada regular brillante de los poseídos enlutaba sus caras en mi mirada, los ojos de La Aspirante se llenaban de lágrimas de emoción y su instinto despertaba para proponer y discutir. La Aspirante tenía un lugar destacado en la División de Asuntos de Comercio, a diez metros de la oficina principal. La Aspirante había sabido fabricarse una reputación intachable. La Aspirante era hermosa en constitución, compleja y fúlgida, pero su eco era vulgar como un fonógrafo antiguo que toca sólo comerciales de productos inútiles.

La Aspirante era ambiciosa y hábil, toda una salamandra o cualquier cosa por el estilo que se arrastre muy pegada al suelo y que sepa bien subir paredes. Su abyección provenía de su deseo evidente de poder y de su Borgiana forma de buscarlo. “Somos los deseos prestados de un correo invisible, esta asociación obligatoria, esta continuidad esperada, y el éxito…el absurdo éxito que trocó la belleza de una mujer primitiva en este compendio de paráfrasis ininteligibles, de recetas de ser humano apuntadas en un manual de modales con incrustaciones de un oro, que pasa desapercibido para el resto pero que para mí no es más que bisutería de la determinación”. La Aspirante, en las mañanas se mira al espejo con un objetivo definido, me avergüenzo por el brillo satisfactorio de sus ojos, rebosantes de una intoxicante seguridad: sus zapatos rosa eran tan reales, daban pasos tan firmes como si el material de su vestimenta se apretara a su determinación y formase una coraza, si…su seguridad era como un acorazado que tenía grabadas las coordenadas de su destino: “Oficina de Dirección General”.

El día asoma en la fe de los mirlos

más sólo sombra densa, para aquel que no cree,

despunta en las laderas.

si tan sólo existiera una idea única

majestuosa y salina,

que fuese más fuerte que tu ausencia

o que mi espera,

tal vez, tal vez allí…

la intuición es ya al menos interrupción

de la acre continuidad del sonido de los días.

Como un camaleón titubeante

doy pasos medidos dos veces

sobre la espalda imaginaria de tus verdades

mientras espero sonámbulo

mientras espero en medio de las olas.

Continuo asedio de mirmidones eruditos amenazantes con su lógica procesal cayendo sobre la mesa como de costumbre, como cada semana. Dentelladas gratuitas se lanzaban con delicadeza y con disimulo mientras se fabricaban las alianzas que la Aspirante necesitaba para causar un impacto duradero en la percepción del Comandante de Galera. Juegos de poder necesarios en la república de las aspiraciones de la Aspirante en la que creí ver inclusive una caricia secreta con un escribiente que llevaba las actas de todas las reuniones, siendo así depositario de datos fundamentales que podrían dar un indicio a la aspirante de su próximo movimiento por los pasillos. Entraba demasiado aire por su boca cuando deseaba esgrimir una idea completa, de la misma forma demasiadas buenas seguras palabras salían llenas de una coherencia apabullante, de ideas agudas, de buenas jugadas, de beneficios que la vendían como heroína, como una Juana de Arco de la venta jabones que enfrentaba con fe y sabiduría la batalla de los mercados como si un Dios económico musitara a su oído instrucciones con la forma correcta de hacer las cosas. La Aspirante se hacía notar y yo recibía este ruido festivo como una muestra, como una señal de como las cosas en el mundo de los hombres funcionan, de cómo se ejecutan los planes y de cómo la individualidad se apuntala con ausencia de belleza en el intercambio de mercancías, de baratijas, de globos de gas lanzados al aire por los vapores emanados de la descomposición de nuestra sacralidad. La selección natural decantada por nuestra fuerza para cambiar el ambiente ha terminado en esta mediocre forma de perfeccionar lo genes en donde la fuerza de la belleza queda descartada como pecado menor.

Mil veces te nombro salvadora

del tedio sigiloso de los calendarios,

mil veces te repito consiente,

llamándote con mil diferentes nombres

pero con el mismo ruego silencioso.

vuelve belleza el acero de los días”

pero pronto, con velocidad y premura,

pues muero con toda esta vida febril

sin naturaleza, hecha de artificios,

llena de hombre artificiosos que incuban

como una saludable toxina,

su humanidad cuantiosa e ilusoria.

No hay dignidad en estos pasos amada,

sólo sed y hambre saciadas en exceso,

sólo complacencia y mansedumbre celebradas con laureles.

Te repites tú en mí, anhelo sagrado

de la misma forma pero diferente

mientras te espero en medio de las olas.

Ese es el camino, esa la forma, la Aspirante sabía muy bien jugar el juego de los que suceden, el juego de los que culminan sus objetivos y los festejan sin pesadumbre, con fiestitas en los porches de sus cabañas. Pues todo hombre “merece sin duda un cabaña”, fueron esas las palabras del Presidente en un tarde de barbacoa a la que ella fue invitada y de lo que se enorgullecía. Celebraba sus triunfos con estrépito y notoriedad, pues es preciso en el juego de las liviandades, hacer notar el éxito. Esa invitación de domingo en la tarde, fue el primer indicio de su brillante futuro, era la autorización para tutear a los ilustres y tratar con familiaridad a los privilegiados; esa invitación que era un ritual de aceptación y de iniciación, fue el resultado de sus noches en vela y de sus estudios aplicados, de sus noches de universidad fracturadas por algún cálculo infinitesimal que no comprendía pues con seguridad fue una estudiante brillante y busco con fiereza becas y premios, de sus tardes extendidas para presentar oportunamente reportes que eran leídos con displicencia después de un café tranquilo por indiferentes sabios, pues querida Aspirante, lo que para ti es la vida misma para ellos es un trámite, pero puedes quedarte tranquila pues ya llegará tu hora de recibir el testigo sagrado de las firmas autorizadas y con derecho tratarás igual a tus desiguales. Poseía ahora el conocimiento de la familiaridad y hablaba de la belleza de los jardines de la cabaña del Presidente, de la delicadeza de sus paredes y de lo elegantemente acogedor de su sala con gran chimenea, de la amabilidad de su esposa; su conocimiento de un sitio interdicto para nosotros, resto de los hombres, era una muestra del umbral que ya había superado, de su bautismo, de su nacimiento en el poder. Ay Aspirante, cuanto despreciaba un café a tu lado y añoraba mi amigo el hurón con su humanidad agitada.  

Seguía en la reunión agitando sus ideas, sobredimensionando sus problemas para luego sorprender con audaces jugadas de negocios y al fin del día ser de nuevo un heroína de escritorio; sus diagnósticos eran siempre de nubes negras pero justamente argumentados, sus soluciones limpios atardeceres y claros días, un movimiento sutil pero que funcionaba con regularidad prusiana a los oídos que debían oír, sus tesis eran proyectiles que siempre daban en el blanco; blanco como su sonrisa de triunfo, su mirada de satisfacción.

Lugares, partes de un ensamble

irreconocible e interdicto,

recorro extraviado como trasfondo fortuito:

parques perdidos, comedores velados

oficinas regulares, cuartos amados

y aunque la salvadora rutina

íntima

sea una soga en la proa

sólo tus piernas en mi cuello son un flotador aceptable

para la zozobra de mis jornadas sucesivas;

como un péndulo que repite los sitios

hago llamadas frecuentes aburriendo el destino

cuando enfrente encuentro sin pudor

la cara agitada de una entusiasta que cree,

tan distinta a mi ideal, tan lejana de ser tú.

Aún te espero en medio de las olas

Desconfío sin ternura de los que demasiado confían, de Aspirantes que no conocen la cara de la angustia, cuyo único dolor es el alejarse momentáneamente del poder o el paso del tiempo en su contrarreloj al éxito, de su juvenil y ardiente carrera esa de los estandartes definidos por la tribu. Desconfío con rencor de los que hablan con la seguridad de sus palabras, de los elocuentes que no saben del titubeo ni del susto, de los acorazados que palabrean con certeza, de la absoluta certidumbre, pues sólo respeto la determinación en el campo batalla, en la tierra de nadie. Ay, Aspirante si supieras cuanto quiero arrancar tu rostro cuando sonríes después de una idea, pero no para tomar tu lugar sino para quitarte el instrumento. Quisiera despojar a todos mis hermanos monos de todo su atavío, de sus cargos y sus reconocimientos, de sus cosas, de sus casitas preciosas, tomar su ropa y quemarla en una pira, arrancar sus relaciones, sus posibilidades de brillar, sus reuniones, mítines, seminarios y exponerlos junto a mí, solos sin su pertenecerse en el rincón desnudo y desprovisto donde se revela la realidad que somos, en donde no hay actividades de refugio, donde no hay objetos a los que asirse. Si pudiese reducirlos a todos a una idea única tal vez no quedaría de ellos más que inmundicia y vergüenza. Ay Aspirante, eres la representación perfecta de lo que no quiero ser y hay tantos como tú, sólo que muy pocos tienen la misma habilidad; hay tantos como tú, que la angustia me posee con más fuerza después que, como hoy, tengo que padecer tu belleza reducida a un principado de pequeñas burocracias.

Soy un Pulsar, sentado en el fondo de la oscuridad, palpitando como un corazón que en el erebo envía, secreto, el eco de sus latidos como un gran grito de elefante. Que resopla desde lo profundo un mensaje secreto incluido en los elementos, ajeno a la razón, ajeno a la fe. Soy una cigarra que resuena en el fondo de un caverna profunda y espanta, por su intensidad, los sentidos aturdidos de depredadores grandes y pequeños que pasan por la entrada en cualquier atardecer de su rutina diaria. Cigarra o estrella, abrazado y con la mirada fija en mí, me confundo por el mensaje que escondo y que aún no entiendo, pues aunque siento el latido en la paredes de mi pecho, mi corazón me es ajeno y el abismo que me separa de los otros no es mayor que el que me separa de mi mismo. Alternante entre sagaz e idiota, corresponsable e ilimitado, paso de la alegría al tedio, del amor al olvido tan fácil como el paso del vuelo a la caída de una dulce efímera. Me desconozco y el centro me permanece oculto, pero siento, en este desvarío de noche calurosa que la belleza de las palabras me acerca más al sentido que cualquier elaborada teoría.

Ese es el camino, esa la forma. Me sustraigo y me refugio. La reunión acaba, el tercero al mando puede contar con el cumplimiento de mi deber exacto y preciso según sus instrucciones, mi salida es a las seis de la tarde y son las 6 menos cuarto. Empaco mi pensamiento y me marcho, confuso, felizmente inseguro y titubeante, al oscuro destino de mi noche cierta.