DALÍ Y EL CUERNO DEL RINOCERONTE
Por: Salvador Dalí

Cómo establece Dalí una relación entre un currusco de pan, “La encajera” y un rinoceronte.

 


Rinoceronte vestido con puntillas (1956) de Salvador Dalí

Fragmento

 

 

Tenía nueve años cuando, en Figueras, fingiendo dormir, con la cabeza caída sobre mis antebrazos apoyados en la mesa del comedor, intentaba atraer la atención y el interés de una joven sirvienta. Con ello descubrí un peregrino placer: las migas de corteza de pan que había sobre el mantel se clavaban en mis codos, y yo debía soportar ese dolor para permanecer inmóvil mientras la sirvienta de faldas crujientes daba vueltas a mi alrededor. En aquel instante se oyó cierta vez el canto de un ruiseñor, que me emocionó hasta verter lágrimas. Aquel dolor y aquella alegría se unieron para siempre en mi memoria. Luego cristalizaron poco a poco en forma de una obsesión delirante que tenía por tema La encajera de Vermeer, una reproducción de la cual estaba colgada en el despacho de mi padre y yo podía verla a veces furtivamente, a través de la puerta abierta. Desde aquel instante, además, he venido observando que muchas emociones importantes entran en mí por el codo, que se ha convertido en mi talón de Aquiles –un día se dirá “el codo de Dalí”-. Así, en mayo de 1955, habiéndome golpeado en el codo, volví a pensar intensamente en La encajera, Pedí entonces al conservador-jefe del Louvre que me autorizara a realizar una copia del cuadro de Vermeer. Con gran lujo de precauciones, el cuadro fue llevado a una salita donde yo instalé mi caballete en presencia del estado mayor de los conservadores y de algunos amigos. Observaba con la mayor atención ese cuadro turbador que tiene por centro excitante una aguja que nadie ve y que ni siquiera está pintada, sino sugerida. Me pareció de repente que, una vez más, mi codo me dolía y que aquella aguja, clavándose en él, me proporcionaba una sensación paradisíaca. Tras la apariencia de este cuadro, calmo, apacible, imagen de un bienestar tranquilos, se escondía una energía prodigiosa ultrapicante que tenía para mí el valor del antiprotón que se acababa de descubrir.

 

Me acerqué al cuadro y con mi bastón tomé algunas medidas para comprobar algo que intuía. Los conservadores, que no osaban intervenir, intercambiaban temerosas miradas al ver de qué salvaje manera me acercaba a una obra que consideraban un tesoro único. De repente, tracé sobre mi tela, con gran sorpresa de todos, unos cuernos de rinoceronte en lugar de la encajera que yo quería copiar. Su aprensión se tornó en estupefacción. Ni yo mismo comprendía exactamente el sentido de mi obra. Todo el verano había estado trabajando en el tema de La encajera y al fin me daba cuenta de que mi intuición había coincidido y alcanzado las curvas logarítmicas del cuadro que dibujaban exactamente unos cuernos de rinoceronte.

 

En Portlligat me procuré una colección de cuernos de rinoceronte que, en mis sueños, se pusieron a moverse como constelaciones formando primero cortezas de pan amalgamadas, y luego, poco a poco, se ordenaron en un ballet corpúsculos que reproducían La encajera. Adquirí una cincuentena de reproducciones del cuadro de Vermeer y las esparcí por mi olivar, e incluso cuando iba a la playa a bañar con Gala me llevaba una de esas copias.

 

Entregándome a mi obsesión hasta la saciedad, proseguía mis investigaciones sobre la morfología del girasol, tan caro a Leonardo da Vinci, y entonces descubrí en las espirales del girasol el módulo de los cuernos del rinoceronte. Milagro más grande todavía: las curvas casi logarítmicas del girasol dibujaron pronto a mis ojos el peinado de la encajera, su cojín, como un cuadro divisionista de Seurat. Fue un rayo de luz cegador. El cuerno del rinoceronte era un ejemplo perfecto, creado por la naturaleza, en espirales logarítmicas, y su bestialidad se oponía a la gracia de la encajera, expresión de la castidad, de la pureza, de la monarquía absoluta. La encajera resultaba ser, así, el símbolo puro del máximo en la punta de la nariz. El cuerpo de rinoceronte machacado es un poderoso afrodisíaco. Lo bello y Eros son uno. Ese admirable animal no se contenta con llevar un sexo sobre su nariz; su coito dura cerca de una hora. Desarrolla un ceremonial daliniano que le lleva a señalar su territorio disponiendo sus excrementos como si fueran los mojones de su propiedad. Tanto refinamiento merece respeto y una observación atenta.

 

Analicé con este criterio el rostro de Gala, que reproducí con dieciocho cuernos de rinoceronte, y lo mismo hice con un cuadro de Rafael; pero como todo está en todo y recíprocamente, al estudiar el culo del rinoceronte descubrí que representaba exactamente un girasol plegado. Así que este animal tiene sobre la nariz el más bello de los módulos y detrás una galaxia de curvas perfectas. Pronto caí sobre la fotografía de una de una coliflor, y no cejé hasta procurarme una montaña de coliflores para comprobar si la encajera se encontraba también entre sus efloraciones. Lo estaba. Mi fuerza mística y mi visión paranoica eran tales que, desde entonces, todas las verdades manifiestas del mundo me resultaban manifiestas.

 

No todo el mundo puede tener un codo tan sensible como el mío. Ni todo el mundo puede ser daliniano, pero cada cual puede aprovechar la ascesis daliniana y abrir sus ojos con lucidez sobre la realidad. El código social de una ciudad perfecta está compuesto de éxtasis que transforman –ellos solos- el deseo, el placer, la angustia, las opiniones, los juicios, en algo sensacional situado a igual distancia del sueño y de la realidad. Lo repugnante resulta, así, deseable, el afecto se transforma en crueldad, lo feo en bello, el defecto en cualidad, y las cualidades pueden verse como negras miserias. Un mundo en éxtasis no se puede imaginar. Es preciso sumergirse en él para vivirlo.

 

Confesiones inconfesables. Barcelona. Editorial Bruguera. Págs. 341-344.

 

 

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