HISTORIA DE LA LITERATURA ERÓTICA
PRÓLOGO (1989)
Por: Sarane Alexandrian (1927-2009)


Este ensayo trata muy seriamente un tema considerado frívolo o inmoral, no para elogiarlo sino para comprender lo que implica y definir a partir de él las relaciones entre la literatura y las costumbres. Espero que sea tan útil como curioso. Los excesos de erotismo en las letras y las artes de los últimos años amenazan con el cuestionamiento de las libertades penosamente adquiridas. Existen espíritus que sueñan el retorno al puritanismo y a la prohibición, contra los defensores de la tolerancia incondicional. Es necesario exponer a unos y otros, en una visión de conjunto, lo que ha representado la lucha secular de los escritores a favor de la expresión total de la sexualidad.

En uno de mis libros anteriores, bien recibido por el público, Los liberadores del amor, he estudiado a los maestros de la revolución sexual, aquellos que mostraron por medios novelescos, sociológicos o místicos de qué manera consumar la “síntesis del amor-pasión y el libertinaje” que tengo por gran ideal moderno de emancipación de la vida privada. Aquí, en el proceso complementario, delimitaré con precisión un elemento esencial de dicha revolución, el erotismo literario que la refleja íntegramente; examinaré su desarrollo paradójico y extraeré diversas lecciones de orden ético y estilístico.

Esta historia de la literatura erótica no tiene nada de escolar, por supuesto. Sería demasiado simplista, y además muy inconveniente, hacer de ella una suerte de manual didáctico. Se trata, por el contrario, de una reflexión general que se basa en el análisis de numerosos textos, con indicaciones biográficas que subrayan la psicología de sus autores con el objeto de evaluar los problemas que plantea semejante género literario. Esta historia está resumida, porque las extensiones en esta materia no se justifican y me conducirían a tratar temas secundarios cuando lo que quiero es atenerme a los escritos clásicos o a libros populares lo bastante significativos como para revelarnos la libido colectiva.

Una literatura cuyo objetivo es afirmar los derechos de la carne resulta perfectamente legítima; pero exige, si no se quiere vulnerar el equilibrio humano, que se mantengan frene a ella los derechos del espíritu, criticándola objetivamente. Un defecto del conocimiento general de sus variaciones, tal como establezco aquí, conduciría a deplorables desprecios de su sentido profundo y de sus creadores. En el transcurso de mi libro se podrá ver la definición de la noción de libertad sexual desarrollarse progresivamente en el tiempo; sus mutaciones y hasta sus contradicciones. Se comprenderá cuáles son los verdaderos criterios que permiten juzgar si un libro erótico es bueno o malo, si pertenece a la literatura o es un documento psicopatológico.

En la actualidad, frente a producciones literarias o cinematográficas desbocadas, en lugar de invocar la virtud como en otros tiempos se pretende distinguir entre lo erótico y lo pornográfico. Hay una nueva forma de hipocresía que consiste en decir: si esta novela (o esta película) fuera erótica yo aplaudiría su calidad; pero como es pornográfica la rechazo con indignación. Este razonamiento es tanto más inapropiado por cuanto nadie consigue explicar la diferencia. Y con razón: no existe ninguna diferencia. La pornografía es la descripción pura y simple de los placeres carnales; el erotismo es la misma descripción revalorizada, en función de una idea del amor o de la vida social. Todo aquello que es erótico es necesariamente pornográfico, por añadidura. Es mucho más importante distinguir entre lo erótico y lo obsceno. En este caso se considera que erotismo es todo aquello que vuelve la carne deseable, la muestra en su esplendor o florecimiento, inspira una impresión de salud, de belleza, de juego placentero; mientras que la obscenidad devalúa la carne, que así se asocia con la suciedad, las imperfecciones, los chistes escatológicos, las palabras sucias.

Este libro trata de la literatura europea porque es en Europa donde del erotismo se convirtió en un género literario y donde las obras orientales que tenían en sus países de origen un sentido religioso, como los Kama-sutra, adquirieron un sentido profano; pero no hay necesidad de ser exhaustivo. Sería dilatarnos inútilmente, y de manera monótona además, repetir el censo de la literatura erótica nación por nación, puesto que dos naciones solamente, Italia y Francia, han tenido en esta materia una originalidad absoluta, hasta el punto de influir en las demás a partir de la Edad Media. Inglaterra comenzó a desarrollar el erotismo literario en el siglo XVII, como ha demostrado C. R. Dawes en A study of erotic literature in England (1943). Alemania experimentó la influencia de Boccaccio (que se advierte en Hans Sachs) antes de inspirarse en los autores galantes franceses. El único libro erótico de los Países Bajos en el Siglo de Oro, Venus batava (1618), está escrito en latín y es valorado, sobre todo, por sus veinticuatro láminas con grabados.

España, que no se atrevió con la censura de la Inquisición, se especializó en literatura sentimental y caballeresca. El “infierno” de la biblioteca de don Antonio de Villalonga en Palma de Mallorca, cuyo catálogo realizó Fernando Brunner Prieto, contenía ciento setenta y tres libros eróticos, de los cuales sólo tres eran españoles (dos antologías poéticas de “obras de burlas” –piezas burlescas- y un poemario picaresco de Quevedo). Una obra acerca del erotismo español publicada en Madrid en 1983 se limita a citar piezas platónicas o satíricas, como el Libro de buen amor del Arcipreste de Hita y la comedia La Celestina. Las primeras novelas pornográficas españolas, como Travesuras del amor (1870), fueron publicadas en Londres durante el siglo XIX. Toda la literatura erótica europea puede reducirse a un centenar obras maestras griegas, latinas, francesas, inglesas y alemanas. Cuando se las ha estudiado, el resto adquiere apariencia de repetición inútil o aminoración: los autores de aquéllas establecieron las reglas del género.

Debe distinguirse la novela que contiene pasajes eróticos, de la novela erótica propiamente dicha, que tiene por tema el acto sexual con todas sus variantes. La primera evoca libremente la sexualidad por que su autor piensa que los personajes privados de dicho resorte fundamental estarían incompletos; pero de todos modos sirve a un plan más vasto. La segunda sólo expresa la sexualidad, y nada más; y ello con el objetivo de excitar al lector. No puede calificarse de “novela erótica” el Ulises de James Joyce, a pesar del monólogo final de la señora Bloom, porque es, ante todo, una novela metafísica de los bajos fondos de la ciudad (cuando el héroe atraviesa el barrio caliente de Dublín), bajos fondos del lenguaje, bajos fondos de la conciencia humana. Las novelas de Sade, por el contrario, son eróticas, escritas para saciar una excitación sexual furiosa, y, llegado el caso, transmitirla a otro. Por lo tanto debo seleccionar aquí las obras comparables a la suya y no aquellas que hablan del sexo ocasionalmente.

Tal como hice antes en ocasión de mis largos ensayos Le surréalisme et le rêve, Le socialismo romantique, Histoire de la philosphie occulte (“El surrealismo y el sueño”, “El socialismo romántico”, “Historia de la filosofía oculta”), abordaré el tema desde ángulos que revelen los aspectos menos conocidos y las sutilezas. El objetivo de mis trabajos eruditos consiste, siempre, en desmitificar frente al público lector, combatir las ideas recibidas que oscurecen el conocimiento de un determinado sistema. Ahora bien, a propósito del erotismo, los prejuicios y las falsas apreciaciones abundan, puesto que no es todavía objeto de tesis universitarias con investigaciones profundizadas y aparato crítico. La primera historia de la literatura erótica en la alemana del doctor Paul Englisch Geschichte der erotischen literatur, publicada en Stuttgart en 1927. Esta obra, inhallable actualmente (fue destruida por los nazis cuando Hitler ordenó la clausura del Instituto de la Ciencia del Sexo, de Berlín), era un volumen en cuarto de seiscientas noventa y cinco páginas, donde se estudiaban con idéntico rigor los anuncios galantes de los periódicos y los libros clandestinos. Puede verse el sumario detallado en el suplemento de 1929 de la Bibliotheca germanorum erotica et curiosa de Hugo Hayn. La adaptación francesa de Jacques Gorvil, Histoire de l´érotisme en Europe, fue sólo un mediocre resume del original. Este último, de todas maneras, exigiría ser actualizado completamente.

Desde entonces se redactaron, sobre todo, diccionarios, antologías y bibliografías del erotismo literario, como por ejemplo el Dictionnaire des oeuvres érotiques, en 1971, realizado bajo la dirección de Pascal Pia (que se limitó al “dominio francés”); la Anthologie des lectures érotiques de Jean Jacques Pauvert, en 1979, a la cual se sumaron posteriormente otros dos tomos, y en 1981, en Londres, la bibliografía de Patrick J. Kearney, The prívate case. Hacía falta, entonces, un ensayo comparativo y demostrativo que describiera y juzgara sin complacencias la evolución histórica del género. He querido colmar esa ausencia.

¿Hasta qué punto está permitido decirlo todo? Cuando los autores se atrevieron a decirlo todo, ya desde el anonimato, ya a la luz del día, ¿hicieron revelaciones más asombrosas acerca de la naturaleza humana que quienes se limitaron a decir lo esencial? La repuesta a tales preguntas exige un minucioso examen de las obras conservadas en los “infiernos” (1) de las bibliotecas, incluso el de los “libros eróticos sin ortografía” que convocara Rimbaud en su alquimia del verbo. Tales obras conforman una literatura excepcional que contradice, por su vocabulario y contenido, los modelos de decencia y buena educación que todas las sociedades pretenden conservar. Es bueno que este género exista para que contraste con la insipidez del género sentimental; pero resultaría igualmente repudiable pretender colocarlo por encima de los otros. Por ello, mi ensayo debe leerse como un estudio de la excepción que incita a diferenciar mejor las reglas de la creación literaria y las de la vida amorosa.

 

  1. “Infierno” designa la sección de la Biblioteca Nacional francesa donde se conservan las obras prohibidas por la autoridad judicial y/o eclesiástica. (N. del t.)


EPÍLOGO

La literatura erótica no es un síntoma de decadencia puesto que ha florecido en altos períodos de civilización, como en el siglo de Augusto, el Quattrocento, el siglo de Luis XIV. E incluso fue singularmente brillante en el siglo XVIII, llamado justamente “siglo de las luces”. Tampoco es un signo de inmoralidad o abyección, puesto que numerosos autores cristianos (y no sólo Ausonio) la cultivaron sin remordimientos. Queda por saber si es corruptora, puesto que ése es el principal motivo que se invocó para la proscripción.

Sí en verdad la literatura erótica resulta peligrosa para las costumbres, no lo es más que las otras especies de literatura sin espíritu crítico. Se la ha acusado de instigar los excesos, pero los tratados de magia inducen supersticiones nocivas en otro sentido. La literatura policíaca puede incitar al robo y a al asesinato, y la literatura religiosa a la persecución fanática de los no creyentes, cuando son alimento de espíritus débiles que se persuaden de que el texto impreso indica infaliblemente lo que se debe hacer. Los libros nos informa acerca de lo que otros hombres piensan e imaginan, eso es todo. El lector conserva siempre la total libertad de adoptar o rechazar dichos principios.

Esta literatura presenta el erotismo no como es en verdad, sino tal, sino tal como se desarrollaría si los deseos franquearan totalmente las conveniencias e inhibiciones. Los protagonistas no conocen escrúpulos ni obstáculos, las protagonistas son capaces, como Gamiani, de “correr treinta y cinco postas en una noche”. La mayoría de los autores expresan antes sus fantasmas que sus experiencias reales, y esos fantasmas exageran o deforman las verdaderas posibilidades del sexo. No es por ello menos interesante y auténtica, puesto que una parte de la sexualidad humana tiende a saciarse en lo imaginario.

Se encontraron las obras completas de Sade en la casa de una pareja inglesa arrestada por crímenes sexuales; pero esas obras inspiraron a mucha gente normal que lee el horror de esos crímenes por curiosidad intelectual. Para convertirlas en guía el propio comportamiento amoroso es necesario estar loco. “La filosofía debe decirlo todo, afirmaba Sade a manera de conclusión en Juliette. No obstante, admitía que sólo los seres que pueden comprenderlo lo leerían sin riesgos. El ideal de la cultura es volver al hombre capaz de leerlo y verlo todo. De ahí a aceptarlo, hay una distancia infranqueable, puesto que en la sociedad no podría subsistir nada si se perdiese la distinción entre el bien y el mal. Leerlo y verlo todo, no para convencerse de que todo está permitido, sino como preocupación por la verdad. Eso no tiene consecuencias cuando se conserva la lucidez, el buen criterio y el respeto a los seres humanos, las fuerzas a disposición de un espíritu libre.


Traducción de Daniel Alcoba

 

 

Notas:
Historia de la literatura erótica. Barcelona. Editorial Planeta. 1990. Págs. 7-10 y 385-386.


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